Ha vuelto a mi mesa Sin Remedio y la relectura no resulta ninguna mortificación de la carne. Esta vez nos encuentra más alerta a sus logros formales, a otras claves de lectura, este libro que salta ágil sobre los falsos problemas de la creación novelística que confunden a dos y tres generaciones de escritores desde que el éxito de García Márquez (1967) condujo a la superstición de que Colombia era país de novelistas.
En este momente debe estar “descubriendo” a Sin Remedio, una tercera generación de lectores, para quienes probablemente la experiencia tiene el espíritu de un regreso a tierra firme, tras locas aventuras lejos de cualquier grado del canon occidental.
Creo que el libro se me cruzó en medio de una de esas hambres de mundo contingente y caído que puede producir el libro promedio de García Márquez En Sin remedio, ese mundo familiar, escenario sometido a las leyes físicas y metafísicas ordinarias, contradictor de nuestras presunciones, ilusiones y errores se ofrece inmediato y necesario. Y la novela se modela en la tensión entre Sujeto y Mundo, tensión que es el asunto novelístico más a la mano y sobre el que versa una cantidad tan grande de novelas, que hay que preguntarse por qué los escritores colombianos no se dan cuenta de un hecho tan conspicuo durante tres (o cuatro) generaciones.
Hoy, nos parece natural leer sobre los actos y comportamientos cotidianos y vulgares en las novelas; pero durante muchos siglos su representación fue reprimida fuera de la comedia; la novela descubrió la clave para tratar el inmenso reino de los estratos plebeyos del mundo.
El escritor de la antiguedad tenía prevenciones que hoy nos resultan extrañas frente a la representación de comportamientos, sentimientos, actos y fenómenos a los cuales hoy se considera rutinas aceptables de la escena del mundo. También resultaba problemático que el poema o la tragedia aludieran al tiempo histórico en que ellos se producían. El gran teórico literario ruso Mijail Bakthin ha profundizado en este aspecto, para señalar que la novela es un género que se forma en el movimiento de paulatina conquista de la alusión a los asuntos que podríamos llamar de baja categoría. Con Cervantes quien representa un momento especial en el desarrollo de los temas “vulgares” ingresa a la literatura un repertorio de situaciones inéditas que luego se reelaborarán incesantemente hasta el día de hoy y que son parte tan importante del oficio novelistico como la proyección del Mundo y del Sujeto, y siempre los lectores de novelas le damos el aval al héroe que está en tensión, en conflicto con el Mundo. García Márquez, a pesar de todo su genio y su magia, no fue menos sordo a este motivo: su héroes más que chocar con el mundo están adaptados a sus mundos mágicos (por esa razón, no es demasiado osado decir que Gabo practica más bien la protonovela arcaica que la novela moderna).
La importancia de la novela de Antonio Caballero radica allí: es un raro ejemplo de texto que formula los términos propios de la novela, en el cual hay suficiente Mundo para generar las maniobras de un Sujeto como sustancia de la narración, como Trama.
Lo particular de la situación colombiana es el empecinamiento en hacer novela sin tensión novelística, por un grupo de escritores que no perciben esta condición especial del género que pretenden cultivar. Se les podía aplicar el título de “naives”, ingenuos, en el sentido del arte ingenuo. Pero también queda la duda de si no se trata de evadir las responsabilidades y el trabajo duro de parir esos mundos y esos sujetos, o de incapacidades técnicas.
Tal vez darse cuenta de las cosas no figura entre las fortalezas de la cultura colombiana. Es nuestro síndrome de Remedios la Bella. Tampoco nos dimos cuenta de que García Márquez era un genio; lo reconocimos cuando argentinos, mexicanos, ingleses y norteamericanos lo gritaban hasta más no poder.
Sin darse cuenta de los hechos contumaces es poco menos que utópico escribir novelas. Por eso el auge de la novela coincide con el “boom” del ensayo y el debate de la ilustración en el surgir de la Modernidad, dándose cuenta de que el mundo estaba cubierto de un velo de superstición y sosas anécdotas como aquellas que explicaban que los monarcas obedecían a claras razones de la Providencia o que los africanos de raza negra no tenían un alma tan idónea como el alma caucásica. Cuantas novelas románticas no fueron anunciadas por el Yo que elaboran los idealistas alemanes. Ese libre y autodeterminado Yo, que no sepuede enajenar en manos de monarquías absolutas para quienes debe aceptar que el sol gira alrededor de la Tierra. Algo tiene que ver con la Novela aquel agitarse dieciochesco del ensayo en tierras alemanas; sin saberlo decir en forma tan filosófica, el grito por la libertad es igual de claro y vehemente en las novelas de las Brönte o en la novela inmortal de Fielding. Retomando, la idea, o uno de sus corolarios, poca novela habemos cuando de nada nos damos cuenta. No nos damos cuenta ni de en qué país estamos.
Porque novela y percepción mutuamente se retroalimentan. Muchos nos hemos dado cuenta de muchas cosas en las novelas, entre ellos muchos escritores. Pero da pánico pensar en la clase de escritores que puedan fermentar con la lectura de las novelas colombianas actuales que tan pobre idea tienen de lo que pasa realmente.
Una de las ideas que puede sembrar la lectura de novelas colombianas es que la pobreza no es sino una forma descomplicada y libre de vivir y un buen método para asegurar la plenitud y la autorrealización. A esa percepción creo que se encamina el andamiaje que, con mucho esfuerzo, se levanta en “La novia oscura”: los hombre y mujeres elementales que fundan un rancherío sin servicios públicos elementales, presidido por un prostíbulo cochambroso, viven todo el tiempo en estado mentales cercanos a la iluminación budista o al arrebato ascético y la regente de la casa de placer es una intelectual zen. Esta clase de sustancia por más de 150 páginas dio al traste con mi intención de seguir adelante, aunque este libro lo firma nadie menos que Laura Restrepo, autora que es muy bien manejada en términos de mercadeo por su editor español y es mediáticamente exaltada a la estratosfera de la literatura latinoamericana actual. La propaganda, falazmente, difunde que ella y algunos más, miembros de una nueva escuela de novela colombiana, habrían seguido en donde Antonio Caballero, el autor de Sin Remedio, dejó el cuento.
Necesitamos el Mundo
La forma preferida de manifestarse el Mundo es como resistencia al Sujeto y ha sido en la novela en donde esta situación se ha depurado como motivo literario. Un fénix de motivo que resurge de la cenizas de cada novela leida y seduce en la nueva novela que se comienza a leer (no se si han caido en cuenta las editoriales españolas, ocupadas en engrosar sus inventarios de novelas mediocres que en Colombia no venden los mil ejemplares).
Sin remedio (fragmento)
!Caray, música! !Claro, música! ¿Cómo no había pensado antes en combatir a la señora Niño con la música? Música, claro, música. Música de verdad. Cuál música. Los vallenatos que había dejado puestos Federico leparecieron frágiles. No, algo robusto, poderoso, abrumador, aplastante, cuerdas y percusiones, violencias, mucho platillo, mucho bombo, mucho corno inglés: toda una orquesta filarmónica. Beethoven. Puso un disco en el plato. Con una ligera presión en una tecla el plato echó a girar, como una cosa viva. Otra leve presión en otra tecla, y Beethoven, dócilmente, se puso a reventar los techos.
Pero en las pausas de su música se abría paso con finura implacable de escalpelo la música concreta de la señora Niño. Incluso era peor, porque a través de los bramidos y los barritares de Beethoven se esforzaba por distinguir en el techo el tintineo, el golpeteo, el tac tac. Beethoven era una marejada, un huracán, una estampida de búfalos: pero al abrigo del techo la abominable señora Niño tenía la paciencia infinita de una gota de agua en los huesos del cráneo. La Novena Sinfonía de Beethoven aterroriza a los salvajes, apacigua a los cachalotes, calma a los elefantes: a la señora Niño la dejaba perfectamente fría. Puso el disco en el plato una vez y otrea vez, con el volumen en la máxima violencia. En los inevitables intervalos para voltear el disco, en los largos silencios que separaban los sucesivos movimientos, la señora Niño proseguía impertérrita: tac tac tac clic tlic tlic tlic tlic tloc tloc tloc tap tap tap. Tap. Tap. Tlic.
Tap.
Tlic.
Tap tap.
Toc.
Tap.
Salió gritando a la escalera, subio de dos en dos. En el hueco sonoro de la escalera atronaban los coros de Beethoven como un tren en un túnel. Tras la puerta cerrada de la señora Niño sólo se oía el silencio. Pegó su dedo al timbre y pateó la madera. No hubo respuesta. Pegó el oído a una rendija, y oyó un roce levísimo, de gruesa fiera que se arrastra. Soltó por la rendija un aullido bestial que rebotó en todos los recovecos del edificio. Adentro se hizo un silencio de muerte mientras Escobar jadeaba ante la puerta, todavía hinchadas como cuerdas las venas de la frente y el cuello
jueves, 14 de febrero de 2008
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