Antes que “estilo” la palabra justa par aludir a “EL rojo y el negro” es “carácter”. Este libro existe por la autenticidad del carácter de Henry Beyle, Stendhal, condición previa y obligada de un novelar generoso y sincero, de una intuición especular y profética que le permite captar una época especial, en la medida en que se refleja en el alma de la gente y de las castas y círculos sociales.
En los verdes años era, para mí, imposible imaginar que un texto cumbre de la novela pueda verse a la luz de un carácter moral superior. En aquellos años en que los Beatles ponían aquellas melodías imprecisas y de sencilla arquitectura como música de fondo, el caracter en general se considerada un vestigio de épocas superadas. Muchos escritores y artistas se esforzaban por ser superficiales (en Colombia lo lograban sin esfuerzo).
El no-carácter es un estado moral neutro en que se refugia el alma que tarda en formarse. Esconde la pretensión de que los hechos se pueden ignorar y es el padre de muchos vicios, entre los cuales no son los menos los pecados de escribir nimiedades y leer portentosos bodrios. Es una adaptación de la personalidad en virtud de la cual se ignoran los hechos que contrarían nuestras ilusiones (nadie puede decir que no ha hablado de ilusos e ilusiones). Para que el mundo pierda carácter un ejército de tontos vive sacando de él cosas como el pecado, los vicios, y, especialmente el alma. En un mundo sin esas cosa es después muy fácil decir que Horacio es aburrido ( y Stendhal es horaciano por su enciclópedico saber de pasiones y movimientos del alma).
De modo que antaño con mi Cien Años de Soledad de testigo yo consideraba que tratar con cualquier clásico era poco menos que humillarme.
Fue presupuesto implícito de la promoción de la literatura latinoamericana en los años sesenta y setenta la tesis de que aquellos libros y autores eran la oleada más reciente de un proceso de superación de la literatura moderna. Los Fuentes, los Gabos y los Vargas Llosas accedían a una riqueza de percepción y de creación mucho más compleja y rica que la que consiguieron dos siglos de desarrollo del arte de la novela desde Fielding y Sterne hasta Proust y Henry James.
El relato con sus contornos de asalto titánico del Cielo caía bien en nuestros paladares cándidos. Era un motivo a la medida del carácter chato de la época, que tanto se figuró que estaba rehaciendo el mundo para corregir todas las erratas históricamente acumuladas.
El “boom” fue un brillante mecanismo de marketing (no me extrañaría que lo debamos a un anónimo personaje más que a figuras como Fernando Porrúa y Carmen Balcells). Su efecto se basó en las necesidades del arribismo cultural de los años sesenta. Era imperioso posar de culto, y con "el boom" manejar dos o tres textos te confería el título. Recordemos verdaderos especialistas en Rayuela que surgieron en los salones y que explicaban a los más lerdos los aparentes enigmas de un libro que no ofrecía mayores problemas siempre que el lector tuviera noticias rudimentarias de la emergencia histórica de la novela. El asunto de la exégesis hubiera sido superfluo en lectores menos vírgenes.
Fui uno de esos lectores vírgenes para quien era insoportable la presión en las profundidades novelísticas de Madame Bovary o La Cartuja de Parma. Lo que nos ofuscaba en Rayuela era una trama que comprometía, que nos planteaba abandonar las certezas infantiles de la anécdota. Para aquellos lectores triviales que encontraron laberíntica a Rayuela, estaba la coartada de Cien Años de Soledad, anti-novela, summa experimental de un cuentista de poderosa intuición, pero no más que eso...
viernes, 28 de marzo de 2008
lunes, 24 de marzo de 2008
Voluble
O voluble creatura humana!
Mi entusiasmo con La Jungla (ver anterior entrada) se desvaneció tan pronto el autor comenzó a hablar de Jurgis, el héroe.
Me parece un pecado novelístico que el autor sea superior a su creatura y esto pasa con Upton Sinclair y Jurgis, que no hay derecho a que se nos quede en un simiesco obrero emigrante de los frigoríficos de Chicago. En novela el hechizo está en que entre autor y personaje haya igualdad. Es más, el autor puede ser el escudero, el asesor legal del héroe...en lo cual no muestra señas de convertirse este Upton que no se molesta en mostrarnos el ingenio, si lo tiene, de su Jurgis.
No parece que va a suceder esa simbiosis a lo Cervantes/Don Quijte; Stendhal/Julián; Bryce/Manongo Sterne...Je, je...me precipité...me disculpan!
Mi entusiasmo con La Jungla (ver anterior entrada) se desvaneció tan pronto el autor comenzó a hablar de Jurgis, el héroe.
Me parece un pecado novelístico que el autor sea superior a su creatura y esto pasa con Upton Sinclair y Jurgis, que no hay derecho a que se nos quede en un simiesco obrero emigrante de los frigoríficos de Chicago. En novela el hechizo está en que entre autor y personaje haya igualdad. Es más, el autor puede ser el escudero, el asesor legal del héroe...en lo cual no muestra señas de convertirse este Upton que no se molesta en mostrarnos el ingenio, si lo tiene, de su Jurgis.
No parece que va a suceder esa simbiosis a lo Cervantes/Don Quijte; Stendhal/Julián; Bryce/Manongo Sterne...Je, je...me precipité...me disculpan!
lunes, 17 de marzo de 2008
La jungla
Creo que la Jungla (The Jungle) es la terapia justa para salir de la depresión que causa el último bodrio novelístico de moda (sea de Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Beatriz Allende o Angela Becerra).
Está disponible en http://sunsiteberkeley.edu/literature/Sinclair
Pero en inglés, e in media res nos pone en contacto con una mujer parecida a la abuela monda patatas de Gunter Grass, Marija Brshesinka, que está ahí para que todo salga bien en la boda de Ona y hay olores de principios del siglo XX y uno siente que se va a poner de el lado de estas dos heroínas…A leer!
Está disponible en http://sunsiteberkeley.edu/literature/Sinclair
Pero en inglés, e in media res nos pone en contacto con una mujer parecida a la abuela monda patatas de Gunter Grass, Marija Brshesinka, que está ahí para que todo salga bien en la boda de Ona y hay olores de principios del siglo XX y uno siente que se va a poner de el lado de estas dos heroínas…A leer!
martes, 11 de marzo de 2008
Siete años viviendo sin vivir con Tere
Manongo Sterne Tovar y de Teresa, que a la sazón llevaba siete años viviendo sin vivir con Tere, haciendo por olvidarla, como dice la copla andaluza, y muriendo porque no moría, además y todavía, tuvo oportunidad de presenciar en parte aquel golpe de estado en que don Manuel Prado Ugarteche, en palacio de gobierno, y él, en la terraza del Café Haití, o sea al ladito de palacio, fueron quizás los únicos sorprendidos con la abrupta presencia militar, en vista de que medio Lima se había pasado la voz para asistir a la crónica de un golpe cacareado.
Sin vivir ni morir ni olvidarla ni nada, Manongo Sterne pidió otro café y continuó recordando a Tere bañada en las buganvilias del Country Club. Y en esas andaba cuando un arbusto le apoyó una bayoneta sobre un muslo y le dijo que se hiciera a un lado, por favor. Y, la verdad, a Manongo se le hizo un tremendo enredo entre el arbusto con bayoneta que tenía al lado y las enredaderas, las buganvilias, y los floridos arbustos de Tere Mancini paseando para siempre por el Country Club. Eran todos como una misma planta o algo así, pero el aroma no era el de siempre en el Country Club y además la bayoneta como que insistía en hacerle señales para que se hiciera a un lado. Por fin, Manongo atinó a levantar un poquito una rama de arbusto y, tras comprobar que se trataba de un casco militar camuflado de hojas y ramas y levantarlas también, vio un rostro furioso, primero, y un coronel agazapado y arbusto, después.
-Mire, joven, o para ya de hacerse el loco y se me arrima al toque con mesa y todo y deja pasar, o queda usted detenido. Estamos dando un golpe de estado y no tardan en llegar los tanques, ¿no se da cuenta?
Era 18 de julio de 1962 cuando Manongo se hizo a un lado, como mucha gente y muchas mesas más en la terraza del Café Haití, dejando pasar a un monton de arbustos rumbo a palacio de gobierno y al golpe de Estado
Sin vivir ni morir ni olvidarla ni nada, Manongo Sterne pidió otro café y continuó recordando a Tere bañada en las buganvilias del Country Club. Y en esas andaba cuando un arbusto le apoyó una bayoneta sobre un muslo y le dijo que se hiciera a un lado, por favor. Y, la verdad, a Manongo se le hizo un tremendo enredo entre el arbusto con bayoneta que tenía al lado y las enredaderas, las buganvilias, y los floridos arbustos de Tere Mancini paseando para siempre por el Country Club. Eran todos como una misma planta o algo así, pero el aroma no era el de siempre en el Country Club y además la bayoneta como que insistía en hacerle señales para que se hiciera a un lado. Por fin, Manongo atinó a levantar un poquito una rama de arbusto y, tras comprobar que se trataba de un casco militar camuflado de hojas y ramas y levantarlas también, vio un rostro furioso, primero, y un coronel agazapado y arbusto, después.
-Mire, joven, o para ya de hacerse el loco y se me arrima al toque con mesa y todo y deja pasar, o queda usted detenido. Estamos dando un golpe de estado y no tardan en llegar los tanques, ¿no se da cuenta?
Era 18 de julio de 1962 cuando Manongo se hizo a un lado, como mucha gente y muchas mesas más en la terraza del Café Haití, dejando pasar a un monton de arbustos rumbo a palacio de gobierno y al golpe de Estado
sábado, 8 de marzo de 2008
Manongo Sterne
El secreto de los grandes novelistas es bien simple. Renunciar a toda clase de figuras superfluas y comenzar -preferiblemente en tercera persona-a hablar de un Fulano de Tal. Luego de tres oraciones en que nos reportan que ese ser ficticio pensó algo, se rascó la nariz y optó por hacer algo un poco a contrapelo de la sabiduría convencional, los lectores, por la magia de la reiteración, comenzamos a creer. A suspender nuestro escepticismo; sólo porque el novelista se ha limitado, con disciplina de soldado, a reiterar en varias oraciones ese Sujeto que no tarda en convertirse en un pariente o amigo del lector de novelas.
En No me esperen en abril, aunque se exprese en el más divertido de los dialectos limeños y parodie los modismos abundantes de ese peculiar idioma y todo lo mezcle con otras parodias y lo permee de su absurda pasión por el ghetto de la casta racial que impera en Lima, mojada en la salsa de su racismo, Alfredo Bryce Echenique, con el viejo truco de reiterar el mismo Sujeto en una decena de oraciones sucesivas, talla un héroe sublime: Manongo Sterne (este apellido acaso sea un homenaje al genial novelista inglés Lawrence Sterne).
En No me esperen en abril, aunque se exprese en el más divertido de los dialectos limeños y parodie los modismos abundantes de ese peculiar idioma y todo lo mezcle con otras parodias y lo permee de su absurda pasión por el ghetto de la casta racial que impera en Lima, mojada en la salsa de su racismo, Alfredo Bryce Echenique, con el viejo truco de reiterar el mismo Sujeto en una decena de oraciones sucesivas, talla un héroe sublime: Manongo Sterne (este apellido acaso sea un homenaje al genial novelista inglés Lawrence Sterne).
sábado, 1 de marzo de 2008
To be or not to be

Cuando una novela no es una novela:
1) El héroe o personaje principal es un ser distante
2) No hay tensión por ende. La tensión se establece entre el héroe y el Mundo.
3) En esas novelas que no son novelas porque son relatos largos apenas, el personaje se “acuna”, más bien, en un mundo a su medida. Un buen ejemplo es Magroll. Creo que le meten a gran héroe sin su permiso, porque Magroll en su prostíbulo de Panamá está completamente a gusto en su mundo,
Lo mismo que Aureliano Buendía en el suyo
Y Amaranta, y Ursula y Rebeca…
O Mustio Collado, que no he leido el relato, pero que Mundo tan plástico a sus deseos, con razón el ancianito no se muere…
Esto pasa por que un buen día, los editores comenzaron a borrar la distinción entre Novela y relato largo…
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